Cuando el ciclo también afecta la mente

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¿Cuántas mujeres se han encontrado en la situación de ser tildadas de “de malas” o “demasiado sensibles” durante su ciclo menstrual? El trastorno disfórico premenstrual (TDPM) merece ser objeto de mayor atención, ya que puede tener un impacto significativo en el estado de ánimo, las relaciones y la vida diaria de las mujeres. A diferencia de las molestias premenstruales comunes, las personas con TDPM pueden experimentar irritabilidad severa, ansiedad, tristeza, desesperanza, dificultad para concentrarse y alteraciones del sueño. El Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos reconoce al TDPM como un problema relacionado con cambios hormonales que puede afectar la salud mental.

Uno de los principales desafíos asociados al TDPM es su percepción como un fenómeno invisible. Muchas mujeres pueden sentirse culpables o avergonzadas cuando se les reducen los síntomas a un problema de carácter, lo que puede retrasar la búsqueda de ayuda. Según la investigación del NIMH, las personas con TDPM pueden presentar una sensibilidad particular a las variaciones hormonales normales del ciclo. No necesariamente producen hormonas “incorrectas”, sino que su organismo puede responder de manera más intensa a cambios propios del ciclo menstrual.

El impacto psicológico puede extenderse más allá de los días de malestar. Imaginemos a una mujer que, antes de cada menstruación, se siente profundamente triste, discute con su pareja, pierde concentración en el trabajo y deja de disfrutar actividades que normalmente le gustan. Después recupera gradualmente su equilibrio, pero el ciclo vuelve a comenzar. ¿Cómo afecta esto a su autoestima? ¿Qué sucede cuando empieza a preguntarse cuál de sus dos versiones es realmente ella? El registro de síntomas durante varios ciclos puede ayudar a identificar el patrón y ofrecer información útil para una valoración profesional.

Es fundamental cambiar la conversación social. El TDPM no debe usarse para desacreditar las emociones de las mujeres ni convertirse en una etiqueta que justifique cualquier conflicto. La propuesta es construir una cultura de alfabetización menstrual y emocional, donde conocer el propio ciclo forme parte del cuidado de la salud mental. Escuelas, universidades, empresas, familias y servicios de salud podrían incorporar información sobre la relación entre ciclo menstrual, emociones y bienestar. Hablarlo con naturalidad permitiría que una joven pudiera decir “estos cambios están afectando mi vida” sin sentirse exagerada o avergonzada.

La atención también requiere desafiar la idea de que la salud física y la mental son mutuamente excluyentes. El abordaje puede incluir a profesionales de ginecología, psiquiatría y psicología, según las necesidades de cada persona. Entre las alternativas utilizadas se encuentran la psicoterapia y determinados medicamentos, además de estrategias relacionadas con sueño, actividad física, alimentación y manejo del estrés. La elección debe ser individual y contar con orientación profesional. Más que buscar una solución universal, el objetivo es encontrar las herramientas que permitan recuperar calidad de vida.

También es crucial involucrar a quienes rodean a la persona con TDPM. Una pareja informada puede dejar de interpretar cada cambio emocional como rechazo; una familia que comprende la situación puede ofrecer apoyo en lugar de críticas. Esto no significa tratar a las mujeres como personas frágiles, sino reconocer que existen condiciones de salud capaces de modificar temporalmente el funcionamiento emocional. La salud mental también se construye en los espacios donde trabajamos, amamos, estudiamos y convivimos.

Hablar del TDPM es una oportunidad para construir una sociedad que deje de pedirle a las mujeres que soporten silenciosamente aquello que les causa sufrimiento. Si existen alteraciones del estado de ánimo relacionadas con determinadas etapas del ciclo menstrual, ¿por qué no aprender a identificarlas y atenderlas? La propuesta no es convertir la menstruación en una explicación para todo, sino comprender a la persona de manera integral, donde cuerpo, emociones y contexto están conectados. Reconocer el TDPM y buscar atención cuando los síntomas interfieren con la vida cotidiana puede ser el primer paso hacia una relación más compasiva con el propio cuerpo y una cultura donde la salud mental deje de vivirse en silencio.