Atención a los pacientes con hantavirus: protocolo y cuidados de los enfermos

upload_1778695871804.jpg

Los hantavirus son patógenos que habitualmente se transmiten desde roedores a humanos, aunque existen cepas que pueden propagarse entre personas. A pesar de esto, el riesgo para la salud pública sigue siendo bajo. En la actualidad, no existe una vacuna contra la cepa Andes y las terapias se centran en la vigilancia estrecha y el tratamiento de los síntomas.

La atención urgente supone una actividad anual que involucra aproximadamente 33,6 millones de consultas en atención primaria. En este contexto, se informó recientemente del positivo provisional por hantavirus de uno de los ciudadanos españoles que se encuentra actualmente en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla en Madrid. Afortunadamente, el paciente no presenta síntomas y se mantiene estable en la Unidad de Aislamiento y Tratamiento de Alto Nivel (UATAN) del centro.

El individuo presentaba desde la noche anterior una febrícula y una ligera desaturación. Sin embargo, gracias a las medidas preventivas y al tratamiento rápido proporcionado por el hospital, no ha experimentado un empeoramiento clínico evidente. Hasta la fecha, se han confirmado 3 muertes y 16 personas se encuentran en cuarentena.

La detección del brote en el MV Hondius y el posterior desembarco de pasajeros infectados ha requerido actualizar los conocimientos científicos y reforzar las medidas de bioseguridad para tratar esta enfermedad zoonótica. Las técnicas de prevención actualizadas incluyen el ingreso de pacientes con sospecha de contagio a una habitación individual con presión negativa, la restricción de las visitas y la creación de un registro de todas las personas que entran y salen del recinto.

Un caso sospechoso es cualquier individuo que haya compartido un medio de transporte con un caso confirmado o probable de hantavirus. Además, también son casos sospechosos aquellos que estuvieron en contacto con alguno de los pasajeros o tripulantes del MV Hondius desde el 5 de abril y presenten fiebre aguda, o al menos uno de estos síntomas: mialgias, escalofríos, cefalea, síntomas gastrointestinales o problemas respiratorios.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el protocolo español, el periodo de incubación es de 42 días y el periodo de transmisibilidad es de dos días antes hasta cinco días después de la fecha de inicio de síntomas de un caso confirmado. El Centro Nacional de Microbiología del Instituto Carlos III es la institución encargada de realizar la prueba de laboratorio confirmatoria para el virus Andes.

“En cuanto aparecen síntomas compatibles, la persona es trasladada a una unidad de aislamiento de alto nivel hasta obtener un resultado negativo”, indica Leticia Bueno, enfermera del Instituto Español de Investigación del Consejo General de Enfermería (CGE).

El manejo de estos casos se basa en terapias de soporte y vigilancia estrecha. Se facilita la hidratación, el tratamiento sintomático y se controla la evolución clínica. “Por la literatura científica sabemos que algunos pacientes pueden evolucionar a formas más graves, con afectación cardiopulmonar, por lo que la detección precoz de cualquier síntoma en evolución es esencial en estos casos”, advierte Bueno.

Los pacientes en cuarentena pueden permanecer largos periodos aislados, lo que genera incertidumbre y miedo debido a la falta de contacto con sus familiares. Nuestro papel es ofrecerles información clara, tranquilidad y apoyo psicológico.

“La enfermeras participamos de forma continua en todo el proceso de atención hospitalaria, controlamos la oxigenación y ayudamos a la detección temprana de cualquier empeoramiento clínico”, cuenta Leticia Bueno. Los profesionales de enfermería proporcionan los cuidados básicos y esenciales de los pacientes, como puede ser la hidratación, la administración de tratamientos, el manejo del confort, la alimentación, la higiene y el acompañamiento emocional.

Un contacto es una persona sana expuesta a un caso confirmado o probable de hantavirus que ha podido tener interacciones mediante secreciones respiratorias, saliva, sangre u otros fluidos corporales. El acercamiento tiene que haber sido directo, con una proximidad estrecha en espacios cerrados como camarotes o cabinas de aviones.

“De momento todos los pasajeros que estuvieron en el barco entre el 1 de abril y el 10 de mayo son considerados contactos y permanecen bajo vigilancia activa y en cuarentena preventiva”, explica la enfermera. “El protocolo contempla 42 días de vigilancia si no aparecen síntomas, el periodo máximo de incubación que se ha descrito para el hantavirus de los Andes”.

Los contactos asintomáticos son trasladados a un centro especializado para realizar su cuarentena en una habitación individual. Se les hará una PCR a la llegada y otra a los siete días de entrar. En caso de que el resultado de la segunda prueba sea negativo, un comité de técnicos revaluará las condiciones de la cuarentena.

La vigilancia activa supervisada incluirá el registro de temperatura dos veces al día y la búsqueda de síntomas que definan un posible caso de contagio. También se les garantizará la comunicación telemática con familiares y se les prestará apoyo emocional, según indica la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI).

Según el Ministerio de Sanidad, cualquier contacto que desarrolle síntomas será trasladado a una habitación de aislamiento con presión negativa, donde se realizarán varias PCR en sangre y suero. En el caso de que la prueba resulte negativa pero continúe el estado clínico, se repetirá a las 24 horas. El paciente se mantendrá aislado hasta que termine sus síntomas o se confirme mediante un diagnóstico alternativo.

¿Es suficiente una cuarentena de 42 días? La evidencia científica sobre el hantavirus dice que sí. A su juicio, la experta señala que la comunidad sanitaria ha aprendido mucho de la gestión de la covid-19, aunque concreta que este brote es muy diferente al virus pandémico y que todavía no supone una alarma de salud pública.

“Hemos aprendido lo importante que es estar preparados ante una emergencia sanitaria; esto significa disponer de unidades de aislamiento, personal entrenado, equipos de protección y protocolos claros de vigilancia y rastreo de contactos coordinados entre salud pública y hospitales”, afirma.

Hemos avanzamos mucho en aspectos técnicos: en tener habitaciones con presión negativa, circuitos diferenciados y procedimientos más estrictos. Un ejemplo es el del Gómez Ulla y la necesidad de poseer un stock de equipos de protección individual, protocolos claros de rastreo y un correcto manejo de los casos para reforzar la vigilancia epidemiológica.

“Por otro lado, hemos avanzado mucho en aspectos técnicos: en tener habitaciones con presión negativa, circuitos diferenciados y procedimientos más estrictos”, dice Bueno. “Al final toda esta experiencia nos sirve para responder de una forma precoz, coordinada y prudente sin generar alarmas innecesarias”.

En España, la atención urgente supone una actividad anual en torno a 33,6 millones de consultas en atención primaria, cerca de 25 millones en hospitales y 8,15 millones en los servicios del 112 y el 061, según informa la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES).

Detrás de cada una de estas intervenciones existe una respuesta sanitaria compleja en la que intervienen operadores, médicos y en concreto, personal de enfermería. La pandemia nos ha legado muchísima evidencia científica sobre el estrés, ansiedad y fatiga emocional que sentimos las enfermeras al trabajar en contextos de incertidumbre o riesgo biológico.

La función de estos profesionales resulta indispensable, ya que no solo proporcionan cuidados y vigilan la evolución de los síntomas, sino que garantizan que se cumplan los protocolos cuando existen urgencias sanitarias. “Nuestro trabajo es fundamental; la pandemia de la covid puso en valor el papel estratégico que tenemos en salud pública y en la gestión de las crisis sanitarias” señala Bueno.

No obstante, este tipo de situaciones también generan una carga emocional al estar expuestas a brotes víricos. “La pandemia nos ha legado muchísima evidencia científica sobre el estrés, ansiedad y fatiga emocional que sentimos las enfermeras al trabajar en contextos de incertidumbre o riesgo biológico”, explica la experta.

Por ello, Bueno subraya la importancia de seguir avanzando en formaciones específicas y en alcanzar un mayor reconocimiento estructural para mejorar el funcionamiento del sistema de salud.