Enfermedades cardiovasculares en España y Europa: avances, riesgos y retos pendientes

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Las enfermedades cardiovasculares se mantienen entre los mayores problemas de salud pública en España y en el conjunto de Europa, tanto por su elevada mortalidad como por la discapacidad que generan. Infartos, ictus e insuficiencia cardiaca siguen condicionando la calidad de vida de millones de personas y tensionando los sistemas sanitarios.

A pesar de las mejoras en los tratamientos agudos y en la organización hospitalaria, los expertos coinciden en que la prevención primaria y el control de los factores de riesgo van por detrás de los avances técnicos. El envejecimiento poblacional, los cambios en los estilos de vida y las desigualdades de género en diagnóstico y tratamiento dibujan un panorama complejo que obliga a replantear estrategias.

Hace poco más de un siglo, las infecciones eran las principales responsables de las muertes en los países industrializados, mientras que las patologías del corazón apenas representaban una fracción de la mortalidad total. La escasa esperanza de vida hacía que muchas personas fallecieran antes de desarrollar aterosclerosis o complicaciones cardiovasculares.

Entre las décadas de 1930 y 1950 el escenario cambió radicalmente: la aparición de antibióticos, la mejora de la nutrición, la higiene urbana y el acceso al agua potable redujeron de forma drástica las muertes por infecciones. Como consecuencia, la población empezó a vivir más años, dando tiempo a que las enfermedades cardiacas se manifestaran con mucha más frecuencia.

Desde finales del siglo XX, los datos muestran un aumento sostenido del número absoluto de muertes por enfermedad cardiovascular y del peso relativo de las enfermedades no transmisibles. Urbanización masiva, globalización alimentaria y envejecimiento demográfico han sido las tres grandes claves de este cambio, con un fuerte impacto en países como España.

La expansión de las ciudades y de los empleos sedentarios ha reducido de manera notable la actividad física diaria, mientras que el patrón alimentario tradicional, como la dieta mediterránea, ha ido cediendo terreno frente a productos ultraprocesados ricos en grasas saturadas, azúcares y consumo excesivo de sal. Todo ello ha favorecido la obesidad, la diabetes tipo 2 y la dislipidemia, que actúan como combustible para la enfermedad cardiovascular.

Paralelamente, vivir más años es en sí mismo un factor de riesgo: la edad avanzada multiplica la probabilidad de sufrir infarto, ictus o insuficiencia cardiaca. Así, las enfermedades cardiovasculares se consolidaron como la primera causa de muerte a nivel mundial a partir de la primera década de los 2000, aunque con una mortalidad aguda menor gracias a los avances médicos.

Impacto actual en España: mortalidad elevada y prevención insuficiente

En España, los datos recientes confirman que las enfermedades cardiovasculares siguen entre las principales causas de muerte, con un importante peso de los infartos, la insuficiencia cardiaca y las enfermedades cerebrovasculares. Se estima que las causas circulatorias concentran en torno a una cuarta parte de los fallecimientos y que se producen varios decesos cada hora ligados al sistema cardiovascular.

Profesionales como José Ramón Rumoroso, director de la Fundación EPIC, subrayan que la medicina ha avanzado mucho en el manejo de los eventos agudos, de modo que hoy un infarto o un ictus se tratan mejor y con más opciones de supervivencia que hace décadas. Sin embargo, el número de eventos sigue siendo muy alto porque la prevención primaria y el control de los factores de riesgo continúan siendo insuficientes.

Rumoroso señala que los grandes determinantes del riesgo cardiovascular clásico -hipertensión, colesterol elevado y diabetes- siguen infradiagnosticados o mal controlados en una parte relevante de la población. Sumado al envejecimiento y a estilos de vida poco saludables, el resultado es una carga sostenida de enfermedad que podría reducirse con estrategias preventivas más ambiciosas.

Además, el peso del sedentarismo es cada vez más evidente: pasar muchas horas sentado, incluso si se realiza algo de ejercicio, se asocia a resistencia a la insulina, peor perfil lipídico y mayor riesgo cardiovascular. El estrés crónico y el abuso de pantallas contribuyen a empeorar el descanso, elevan la presión arterial y fomentan la inflamación, configurando un entorno poco favorable para la salud del corazón.

El ictus ilustra bien esta realidad: en España se registran entre 110.000 y 120.000 nuevos casos de ictus al año, y más del 30 % de los supervivientes queda con algún grado de dependencia por secuelas motoras o cognitivas, siendo una de las primeras causas de discapacidad. Estos datos muestran que tanto la prevención como la atención temprana siguen siendo decisivas.

Un cambio histórico: de la epidemia letal a la cronicidad controlada

Si se mira en perspectiva, el avance contra las enfermedades cardiovasculares en Europa ha sido notable. En las décadas de 1960 y 1970, el tratamiento del infarto se limitaba a reposo y soporte básico, con mortalidades muy elevadas en las primeras horas o días. La falta de unidades específicas y de fármacos eficaces convertía el diagnóstico de cardiopatía isquémica en casi una sentencia fatal.

Con el paso de los años, la creación de unidades coronarias, la implantación de técnicas como la angioplastia primaria, la colocación de stents y la trombólisis, junto al desarrollo de tratamientos antitrombóticos modernos, ha reducido de forma muy importante la mortalidad aguda. A ello se suma una prevención secundaria mucho más rigurosa basada en estatinas, antihipertensivos, antiagregantes y un control estrecho de factores de riesgo asociados como la diabetes, y nutrientes cardioprotectores como el omega-3.

Un hito clave fue el Framingham Heart Study, iniciado en 1948 en Estados Unidos. Gracias a este estudio de seguimiento prolongado, se acuñó en 1961 el concepto de factor de riesgo cardiovascular y se identificaron elementos modificables como la hipertensión arterial, la hipercolesterolemia, el tabaquismo, la obesidad, la diabetes, el sedentarismo o los factores psicosociales.

En el campo del diagnóstico también se ha avanzado de forma espectacular: los rayos X, el electrocardiograma, el cateterismo diagnóstico y posteriormente terapéutico han permitido pasar de la mera sospecha clínica a la visualización directa del problema coronario. Hoy resulta habitual oír hablar de marcapasos, stents o bypass aortocoronario, procedimientos que hace unas décadas eran impensables.

La cirugía cardiovascular moderna se ha ido consolidando desde los años 50, con la corrección de lesiones valvulares, el desarrollo de la circulación extracorpórea, las prótesis valvulares y la cirugía de revascularización coronaria. En paralelo, el trasplante cardiaco se ha convertido en una opción real para determinados pacientes, y España destaca por su elevada tasa de donaciones.

El papel de los fármacos y de la organización hospitalaria

En el terreno farmacológico, algunos medicamentos han cambiado por completo el panorama de las enfermedades cardiovasculares. La aspirina ha pasado de analgésico clásico a pilar en la prevención de fenómenos trombóticos asociados a infarto de miocardio e ictus isquémico, complementando a los anticoagulantes descubiertos a partir de los años treinta.

Otros grupos terapéuticos han sido igualmente decisivos: diuréticos para la insuficiencia cardiaca y la hipertensión, betabloqueantes para la cardiopatía isquémica y las arritmias, inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina (IECA), antagonistas del receptor de la angiotensina II, bloqueantes del calcio y, más recientemente, fármacos antidiabéticos con beneficios demostrados sobre el corazón.

Las estatinas han tenido un impacto especialmente fuerte al reducir el colesterol LDL o “malo”, con descensos notables de la incidencia y la prevalencia de la cardiopatía isquémica. Hoy se suman a ellas nuevos tratamientos hipolipemiantes más potentes y duraderos, pensados para pacientes que no alcanzan objetivos con terapias convencionales o que tienen dislipidemias genéticas complejas.

Por otro lado, la organización hospitalaria moderna ha sido crucial. Servicios de bioquímica capaces de realizar analíticas urgentes, departamentos de radiología abiertos 24 horas y unidades de hemodinámica operativas día y noche permiten activar códigos de infarto extrahospitalario y trasladar directamente a los pacientes a la sala de cateterismo, sin pasar por Urgencias, reduciendo tiempos y mejorando el pronóstico.

Las unidades de cuidados intensivos coronarios han contribuido a disminuir de forma drástica la mortalidad, especialmente por arritmias malignas como la fibrilación ventricular, gracias a la monitorización continua y la respuesta inmediata. En comparación con la época en la que la mitad de los pacientes con infarto fallecía antes de llegar al hospital, se calcula que la mortalidad se ha reducido hasta en un 80 % en algunos contextos.

Unidades especializadas en dislipidemias y riesgo vascular en España

Dentro de los avances recientes destaca el reconocimiento a unidades especializadas que abordan de manera integral el riesgo cardiovascular. La Unidad de Lípidos y Riesgo Vascular del Hospital público 12 de Octubre, en Madrid, ha obtenido la máxima certificación como «Unidad avanzada» dentro del programa de excelencia de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI) y la Fundación IMAS, lo que avala sus altos estándares de organización, gestión y práctica clínica.

Esta unidad se centra en las dislipidemias, trastornos caracterizados por niveles anómalos de lípidos en sangre -principalmente colesterol y triglicéridos-, que constituyen uno de los factores de riesgo más importantes para desarrollar infartos o accidentes cerebrovasculares. El equipo atiende especialmente formas genéticas raras y complejas, que requieren un abordaje muy especializado.

Entre los casos habituales destacan la hipercolesterolemia familiar heterocigota, el trastorno genético más frecuente que causa colesterol elevado, así como la hipercolesterolemia familiar homocigota, mucho más rara y grave, y la quilomicronemia familiar, en la que el organismo no puede descomponer los triglicéridos de la dieta. Se manejan también hipocolesterolemias, hipolipidemias combinadas y formas severas de hipertrigliceridemia.

La unidad no solo atiende dislipidemias primarias, sino también pacientes con riesgo vascular alto o muy alto que no logran los objetivos de tratamiento o que han sufrido eventos vasculares mayores sin causa clara. Asimismo, se ocupa de personas con enfermedades que aumentan el riesgo cardiovascular, como psoriasis, hidradenitis supurativa, esteatosis hepática metabólica, enfermedades autoinmunes sistémicas o pancreatitis hipertrigliceridémica.

Otro aspecto relevante es el manejo de pacientes oncológicos tratados con fármacos que elevan el colesterol o favorecen la aterosclerosis, como determinados inhibidores de JAK o el lorlatinib. Este enfoque integral refleja la creciente necesidad de coordinar la atención entre diferentes especialidades para reducir el impacto cardiovascular de tratamientos complejos.

Más allá de las patologías concretas, unidades como la del Hospital 12 de Octubre ponen el foco en la valoración global del riesgo vascular. Esto incluye entrevistas motivacionales para dejar de fumar, recomendaciones dietéticas y de actividad física, y una estrecha colaboración con otras áreas como las unidades de hipertensión, diabetes o medicina interna.

En línea con esta filosofía, especialistas como José Ramón Rumoroso insisten en que las intervenciones que más reducen el riesgo son sencillas en teoría: actividad física habitual, alimentación de calidad basada en el patrón mediterráneo, no fumar y dormir de forma adecuada. A ello se suma el control periódico de la tensión arterial, el colesterol y la glucosa, sin olvidar el impacto del estrés crónico.

Entre los elementos sobrevalorados, el experto cita suplementos dietéticos sin indicación clara, dietas extremas difíciles de sostener, objetivos aislados como contar pasos sin un cambio real de hábitos y el uso de tecnología sin adherencia. La clave, recalca, no es lo que se hace durante unas semanas, sino lo que se mantiene de forma sostenible durante años.

La creación de entornos que faciliten la salud también marca la diferencia: ciudades que favorecen caminar o usar la bicicleta, trabajos menos sedentarios y con mejor gestión del estrés, y una educación en hábitos saludables desde edades tempranas. Cuando lo saludable es la opción más sencilla, los cambios de comportamiento se producen a gran escala; cuando requiere esfuerzo constante, solo una minoría consigue sostenerlos.

La comunicación tiene aquí un papel clave. Reducir el ruido informativo y los mensajes contradictorios en torno a la nutrición, el ejercicio o los tratamientos ayuda a que la población identifique qué es realmente importante para cuidar su corazón, sin caer en modas de poco recorrido.

Mujer y corazón: una brecha de género que cuesta vidas

Uno de los aspectos más preocupantes en España es la baja percepción del riesgo cardiovascular en las mujeres. Según datos de la Sociedad Española de Cardiología, tres de cada cuatro españoles desconocen que las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte en mujeres en nuestro país, por delante de otros problemas de salud que reciben más atención mediática.

La Encuesta Europea de Salud Cardiovascular, realizada en varios países y difundida con motivo del Día Europeo para la Prevención del Riesgo Cardiovascular, apunta que el 85 % de los ciudadanos ignora que los síntomas de un evento cardiaco pueden ser distintos en hombres y mujeres. Esta falta de conocimiento complica el reconocimiento rápido del problema y retrasa la llegada a urgencias, con peores resultados en términos de supervivencia y secuelas.

Apenas un 18 % de los españoles considera que el género influye en el riesgo de sufrir enfermedad del corazón, pese a que la medicina ya ha identificado factores específicos ligados a la historia reproductiva femenina, como la preeclampsia o la diabetes gestacional, que aumentan el riesgo cardiovascular a largo plazo. Estos elementos suelen pasar desapercibidos en la consulta y rara vez se integran en la evaluación del riesgo.

El estilo de vida y la carga de estrés también muestran matices de género. El estrés se percibe como un obstáculo para el autocuidado por el 60 % de las mujeres europeas, frente al 51 % de los hombres, lo que sugiere una mayor carga mental y responsabilidades repartidas de forma desigual. Esta presión se traduce en menos tiempo para la actividad física, el descanso y las revisiones médicas preventivas.

En paralelo, más de la mitad de los pacientes europeos tarda semanas en consultar a un profesional tras notar los primeros síntomas de un problema cardiovascular. El diagnóstico precoz es vital para evitar que un cuadro tratable se convierta en una situación irreversible, tanto en infartos como en ictus, donde cada minuto cuenta.

Cardiopatía isquémica en mujeres: un patrón diferente y a menudo infradiagnosticado

La investigación reciente en Europa, con participación de centros como el Institut de Recerca Sant Pau, está poniendo el foco en las diferencias por sexo y género en la fisiopatología coronaria y en la cardiopatía isquémica. En las mujeres, los factores de riesgo clásicos como tabaquismo, diabetes o hipertensión tienen un impacto relativo mayor que en los hombres, especialmente cuando se combinan.

A este perfil se suman factores específicos femeninos: complicaciones del embarazo (preeclampsia, hipertensión gestacional, parto prematuro, restricción del crecimiento fetal), menopausia precoz y, en algunos casos, terapia hormonal sustitutiva iniciada en edades avanzadas o muchos años después de la menopausia, que puede tener efectos desfavorables sobre el corazón y las arterias.

Desde el punto de vista anatómico y funcional, la circulación coronaria de la mujer suele presentar arterias de menor calibre y un patrón más difuso de enfermedad aterosclerótica. Es más frecuente encontrar enfermedad coronaria no obstructiva, disfunción microvascular y espasmo coronario, capaces de provocar isquemia miocárdica incluso cuando la angiografía no muestra estenosis significativas.

Estas particularidades hacen que muchas mujeres presenten síntomas de isquemia sin lesiones claras en las pruebas tradicionales, lo que contribuye al infradiagnóstico. Además, los síntomas suelen ser menos «típicos» que en los hombres: en lugar del clásico dolor opresivo en el pecho, son más habituales la disnea, la fatiga intensa o el malestar general, signos que con frecuencia se atribuyen a ansiedad, estrés o problemas no cardiacos.

Las desigualdades también se trasladan al tratamiento. Las mujeres reciben con menor frecuencia terapias basadas en la evidencia o procedimientos invasivos y presentan más abandonos de la medicación, a menudo por efectos adversos. Todo ello se traduce en peores resultados clínicos, con una mortalidad más elevada tras un síndrome coronario agudo, especialmente en edades más jóvenes, incluso ajustando por otros factores.

Más evidencia específica y una atención cardiovascular equitativa

Una de las causas de estas desigualdades es la infrarrepresentación de mujeres en los ensayos clínicos aleatorizados. Muchos estudios no están diseñados para analizar resultados por sexo y género, lo que limita la capacidad de identificar diferencias en eficacia, seguridad o efectos secundarios de los tratamientos y dificulta aplicar una medicina realmente personalizada.

Los expertos reclaman aumentar la participación femenina en los estudios y diseñar investigaciones que integren desde el inicio la perspectiva de sexo y género. Solo así se podrá ajustar mejor el diagnóstico, la estratificación del riesgo y las pautas terapéuticas a las necesidades reales de las mujeres con cardiopatía isquémica y otras enfermedades cardiovasculares.

También se considera fundamental reforzar la formación de los profesionales sanitarios en estas diferencias, optimizar las estrategias diagnósticas -incluyendo pruebas específicas de microcirculación y técnicas de imagen funcional– y promover cambios en la organización y las políticas sanitarias que garanticen una atención cardiovascular más equitativa.

Centros de investigación como el IR Sant Pau trabajan precisamente en mecanismos fisiopatológicos de la enfermedad cardiovascular con especial atención a las diferencias por sexo y género, participando en estudios de referencia internacional. Esta labor traslacional busca que los hallazgos científicos repercutan de forma directa en la práctica clínica diaria y en los resultados en salud.

Percepción social, factores de riesgo y papel del colesterol

A nivel social, persiste una distancia entre la percepción ciudadana y las cifras reales. Muchas personas siguen asociando la enfermedad cardiovascular casi en exclusiva a hombres de edad avanzada con sobrepeso extremo, cuando en realidad el espectro de riesgo es mucho más amplio e incluye a mujeres y a personas de mediana edad con factores poco visibles.

Las encuestas reflejan que los españoles relacionan el riesgo principalmente con el peso corporal y algunas enfermedades conocidas como la hipertensión. Sin embargo, uno de los grandes «enemigos silenciosos» sigue siendo el colesterol LDL elevado, implicado en alrededor del 60 % de los casos de patología cardiaca. Mantenerlo bajo control mediante dieta, ejercicio, consumo de potasio y medicación cuando sea necesario es clave para reducir infartos e ictus.

La falta de síntomas en fases iniciales de la aterosclerosis o de la dislipidemia hace que muchas personas no sean conscientes del problema hasta que se produce un evento agudo. Por ello se insiste tanto en realizar analíticas periódicas, especialmente a partir de cierta edad o en personas con antecedentes familiares, hipertensión, diabetes, tabaquismo u obesidad.

Otro punto delicado es la brecha entre la confianza en el sistema sanitario y la realidad del uso que se hace de él. Aunque la mayoría de los españoles considera al médico de Atención Primaria su fuente de información más fiable, una proporción importante reconoce que las obligaciones laborales y familiares dificultan acudir a consulta con la frecuencia deseable para la prevención.

En este contexto, las herramientas digitales surgen como una oportunidad. España se sitúa entre los países europeos con mayor aceptación de aplicaciones y dispositivos para monitorizar la salud, y casi la mitad de los encuestados valora positivamente su uso. Pulseras de actividad, relojes inteligentes y apps de seguimiento pueden ayudar a vigilar constantes, promover el movimiento o recordar la medicación, siempre que se integren en un plan realista de cuidados y no se conviertan en un mero gesto puntual.

Programas comunitarios y educación para la salud cardiovascular

Además de la labor de los hospitales y las sociedades científicas, muchos municipios y asociaciones desarrollan iniciativas de promoción de la salud que incluyen la prevención cardiovascular entre sus prioridades. Un ejemplo es la Semana de la Salud de San Sebastián de los Reyes, en la Comunidad de Madrid, que se celebra anualmente con charlas, talleres, jornadas especializadas y actividades al aire libre dirigidas a toda la población.

En estas programaciones se abordan temas como la prevención de enfermedades cardiovasculares, los trastornos de la conducta alimentaria, las alergias o el manejo de la fiebre infantil, siempre con un enfoque práctico y cercano. El objetivo es fomentar hábitos de vida saludables, resolver dudas y acercar los recursos sanitarios a quienes quizá no los utilizarían en su día a día.

La promoción de la salud desde edades tempranas es otro pilar de estas iniciativas, con actividades para escuelas infantiles y centros educativos que buscan instaurar hábitos de alimentación equilibrada y actividad física antes de que se consoliden costumbres poco saludables. Se añade, además, un componente de bienestar emocional mediante talleres de cocina, escritura creativa o acompañamiento integral.

Jornadas como el «Día Saludable», con propuestas de ejercicio físico -yoga, pilates, marcha nórdica, baile social o rutas guiadas-, pretenden demostrar que moverse puede ser algo agradable y social, no solo una obligación. Este tipo de eventos refuerza la idea de que la prevención cardiovascular no se limita a pastillas y consultas, sino que implica también cambios en la manera de vivir y relacionarse.

La coordinación con centros de salud, asociaciones de pacientes y recursos municipales permite que la información sobre factores de riesgo, síntomas de alarma y recursos disponibles llegue a más personas, favoreciendo una detección más temprana de problemas y una mayor implicación de la comunidad en el cuidado de su propia salud.

Jacardi: una acción conjunta europea frente a enfermedades cardiovasculares y diabetes

En el ámbito europeo, una de las iniciativas más ambiciosas es el proyecto Jacardi (Joint Action Cardiovascular Diseases and Diabetes), que busca frenar y controlar estas patologías mediante promoción de la salud, formación, prevención, diagnóstico y mejora de la atención a los pacientes. El objetivo es avanzar hacia sistemas sanitarios más sostenibles y equitativos en los países participantes.

Jacardi ha puesto en marcha 142 proyectos piloto basados en la evidencia en 18 países de la Unión Europea, siguiendo una metodología y un cronograma comunes. Estos proyectos acompañan a 21 países europeos, en un contexto en el que uno de cada seis adultos vive con alguna enfermedad cardiovascular y uno de cada diez padece diabetes.

El enfoque del programa cubre todo el recorrido del paciente e incluye alfabetización y concienciación en salud, detección de poblaciones de alto riesgo, mejora en la calidad y accesibilidad de los datos, desarrollo de vías de atención integrada, apoyo a la autogestión del paciente y fomento de la participación laboral de quienes viven con estas enfermedades.

En España, asociaciones de pacientes como la Asociación de Diabéticos Antonio Morales Toro, en Zafra, participan activamente en Jacardi. En esta localidad extremeña ya funcionan dos grupos de trabajo con personas con diabetes y riesgo cardiovascular, dirigidos por un equipo multidisciplinar que incluye especialistas en medicina interna, psicología y fisioterapia.

Quienes entran en el programa pasan por una evaluación inicial y luego siguen durante tres meses un proceso formativo individual y grupal, con pautas de estilo de vida, educación diabetológica y apoyo emocional. Además, utilizan sensores conectados a aplicaciones móviles para monitorizar los niveles de glucosa, datos que el equipo sanitario revisa de forma continuada para ajustar el tratamiento.

La participación está abierta tanto a socios como a no socios de la asociación, algo que amplía el alcance del proyecto y facilita que personas con distintos perfiles -desde sujetos aparentemente sanos pero con riesgo, hasta pacientes ya diagnosticados o en progresión- reciban ayuda. Sesiones informativas periódicas permiten incorporar nuevos participantes y mantener viva la red de apoyo comunitario.

Jacardi forma parte de la Iniciativa europea sobre enfermedades no transmisibles «Más Saludables Juntos», impulsada por la Comisión Europea, y cuenta con el respaldo científico de la Organización Mundial de la Salud y otras entidades internacionales. Su filosofía encaja con la idea de que la mayor parte de la carga de enfermedad cardiovascular es prevenible si se actúa de forma estructural y coordinada.

En conjunto, el panorama de las enfermedades cardiovasculares en España y Europa combina luces y sombras: una disminución notable de la mortalidad aguda gracias a los avances médicos, la existencia de unidades especializadas y proyectos europeos innovadores, pero también un amplio margen de mejora en prevención, control de factores de riesgo, equidad de género y educación sanitaria. El reto consiste en consolidar los logros técnicos y organizativos mientras se transforman los hábitos y entornos cotidianos que, en último término, determinan la salud del corazón.

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