Betsabeé Romero: arte contemporáneo y conceptos visuales

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Betsabeé Romero, una voz destacada en el arte contemporáneo latinoamericano, tejía un universo visual que enlazaba migración, memoria, género, espiritualidad y tradición popular. Su obra no se limitaba a las salas de exposiciones, sino que se expandía hacia el espacio público, objetos cotidianos y comunidades con las que colaboraba, generando piezas que funcionaban tanto como arte como dispositivos de reflexión social.

A lo largo de varias décadas, Romero desarrolló una práctica multidisciplinaria, en la que convivían instalación, escultura, fotografía, vídeo y arte urbano. Frente a elementos aparentemente prosaicos, como neumáticos, coches, señales de tráfico, papel picado o hormas de zapatos, ella articulaba un discurso crítico sobre las fronteras físicas y simbólicas, la violencia colonial persistente, el mestizaje, identidades en tránsito y el peso de la memoria colectiva en un mundo de movilidad forzada.

En el arte de Romero, el arte no es un objeto aislado, sino un dispositivo de diálogo entre justicia social, patrimonio y experiencia cotidiana. Su producción se entiende mejor como un compromiso activo con comunidades específicas, contextos urbanos concretos y problemáticas urgentes, más que como una búsqueda formal o estética.

El papel picado, las técnicas de grabado en llanta, los motivos prehispánicos, los bordados e iconografías indígenas no funcionaban para ella como decorado folclórico, sino como reivindicación de saberes y patrimonios históricamente marginados. Con ello, cuestionaba jerarquías culturales y propuso una lectura más inclusiva de la historia del arte.

Su trabajo se insertaba con naturalidad en las “estéticas relacionales”, donde la obra se definía tanto por su materialidad como por las relaciones sociales que generaba. Talleres con comunidades, intervenciones participativas, acciones colectivas o instalaciones que requerían del cuerpo del visitante para activarse, se convertían en herramientas para mirar la violencia de las fronteras, los exilios y los desplazamientos, pero también para celebrar la resiliencia y la capacidad de reinventarse.

Sus exposiciones viajaron por museos e instituciones de Europa, América y África, consolidando una presencia internacional que no roció, sino reforzó, su arraigo en las realidades mexicanas y latinoamericanas. Instituciones como el MFA de Houston, el Toledo Museum of Art, colecciones como DAROS Latin America o la Colección FEMSA han albergado sus trabajos, integrando su mirada crítica sobre migración, mestizaje y movilidad en colecciones de referencia del arte contemporáneo global.

“La espiral sin fin” en la 60ª Exposición Internacional de Arte de Venecia: migración, fronteras y violencia colonial

Entre los eventos colaterales oficiales de la 60ª Exposición Internacional de Arte – La Biennale di Venezia, destaca la exposición “La espiral sin fin” de Betsabeé Romero, organizada por el Museo de Arte Latinoamericano de Long Beach (MOLAA) y curada por la historiadora del arte Gabriela Urtiaga. La muestra se sitúa en la Fundación Bevilacqua La Masa, en la Plaza de San Marcos, en el corazón mismo del circuito artístico veneciano.

Desde la mirada de Romero, la figura del extranjero no es solo el migrante que cruza una frontera nacional, sino cualquier persona que se ve expulsada simbólicamente o físicamente de un espacio seguro: mujeres sometidas a violencias domésticas, niños vulnerables, comunidades indígenas desplazadas o grupos que se ven obligados a autoexiliarse para proteger sus saberes y territorios.

El proyecto profundiza en las fronteras físicas y simbólicas que atraviesan culturas, cuerpos e identidades. Romero analiza cómo la violencia colonial pervive en figuras de poder contemporáneas, en particular en “pequeños patriarcas” del ámbito doméstico que establecen fronteras arbitrarias para mantener su dominio. Estas fronteras no son solo muros y alambradas, sino límites psicológicos, sociales y culturales que condicionan quién puede habitar un lugar con seguridad y quién vive permanentemente en riesgo.

“La espiral sin fin” se articula en seis grandes núcleos, cada uno centrado en un eje conceptual que, sumados, construyen una idea de espiral como metáfora de la memoria, el desplazamiento y la interconexión de historias. La primera sección, “Señales que nos guían hacia el exilio”, aborda las experiencias de migración que se convierten en relatos de terror. Aquí, la obra “Families Divided by Sharp Borders” invita a reflexionar sobre el miedo generado por letreros de advertencia, que ahora son reivindicados por movimientos de derechos de inmigrantes.

La segunda sección, “Identidad”, se adentra en un universo de espejos de seguridad, cóncavos, distorsionados o fracturados. La tercera sección, “Frontera espinada”, se centra en el sufrimiento que producen las fronteras en los cuerpos, con la instalación “Huellas fracturadas” que evoca cicatrices abiertas formadas por hormas de zapatos y luces LED. La cuarta sección, “Tótems rodantes de caucho y oro”, presenta en el suelo pequeños neumáticos grabados y pintados con pan de oro, representando el ciclo de la vida y la memoria.

La quinta sección, “En el punto de fuga de las sombras”, reflexiona sobre la cultura como hogar interior portátil, con la pieza “La sombra de la casa también se rompió” que utiliza papel picado para construir una casa flotante, reflejando la fragilidad cultural de los desplazados. La sexta sección, “Plumas de un amanecer en espiral”, invita a adentrarse en una instalación inmersiva compuesta por penachos de colores, celebrando la resistencia de las culturas indígenas y la interrelación constante entre identidades, tiempos y territorios.

El uso de neumáticos y ruedas en su obra, desde la producción de neumáticos para coches de carreras hasta la rueda funeraria, se convierte en contenedores de memoria y metáforas del ciclo de la vida. Las llantas recicladas de Romero nos obligan a mirar hacia atrás, reconociendo las huellas que hemos dejado, historias silenciadas y territorios devastados por la lógica del consumo y el extractivismo. La rueda, asociada a la velocidad y el progreso, se resignifica como herramienta de contra-modernidad, registrando y conservando los rastros de aquello que el ritmo acelerado tiende a olvidar.

Otro de los recursos clave en la obra de Romero es el papel picado, que, tradicionalmente asociado a celebraciones mexicanas, se transforma en metáfora de la vulnerabilidad cultural y la fuerza colectiva. En piezas como “La sombra de la casa también se rompió”, la artista construye una casa flotante a partir de delicados recortes de papel, reflejando la fragilidad cultural de los desplazados y la resistencia colectiva. El penacho, la identidad indígena y las luchas de descolonización son temas directos en su instalación “Soñar con un amanecer con plumas en La espiral sin fin”, que remite a las luchas indígenas por el reconocimiento y a las controversias en torno a la restitución de piezas expoliadas.